Crónica de un niño huelepega en Granada

 

Tomada de El Nuevo Diario /Aitá

Jóvenes como el de la gráfica permanecen bajo las sombras de los árboles del parque central de Granada.

Niño huelepega: “No quiero vivir”

Alicia Cano (*)

Sus ojos se abren en una mañana tenue y solitaria, donde los únicos espectadores de su despertar son el blanco sol recién salido, y la botella con pega que sostiene en sus manos, la cual pareciera ser ya parte de su anatomía. Al levantarse, su cuerpo se asemeja a una hoja de papel, pues el suave viento lo mueve como si fuera un huracán y con la mirada puesta siempre a la deriva dice las primeras palabras que diario nublan su mente: “otro día más que no quiero vivir”.

Luego de una lucha contra su peso para estabilizarse e iniciar su día, “el Cohete” (sobrenombre de este niño de 14 años) empieza a caminar sin destino, lo único que lleva con él son un par de monedas que suenan en su bolsillo, un trapo blanco y sucio que es su protector en noches de frío, y su inseparable compañera, una botella transparente que contiene pega, la cual originalmente es utilizada para suelas de zapato. Su cuerpo delgado  se mueve de lado a lado cuando abandona el mercado, lugar que la noche anterior le sirvió para refugiarse de una tormenta que inundó la ciudad.

Por el camino

Recorre cinco cuadras para llegar al parque central de Granada, y en esa travesía se encontraba con personas que le ayudaban a saciar su hambre interminable. María Isabella Torres Sandino una vendedora de queso, quien conoció a “el Cohete” cuando ella inició su negocio, le regaló un poco de queso en compañía de tamal para que “al menos así no pasara todo el día con la botella metida en la boca”.

Con la misma sincronía Cohete avanzaba. Pasó por el pequeño puesto de Guillermo Morales Toledo, un relojero que madruga para atender “bien” a sus clientes, pero que tiene una disputa con Cohete. Al pasar este le grita a todo pulmón que se aleje de su local y con miedo lo obedece, pues este corrió luego de escuchar aquellos chillidos que parecían bombas de guerra en esa calle habitada por el silencio de las 7 de la mañana.

Finalmente llegó a la esquina norte del parque, donde diario se encuentra con sus compinches el “Chocón” y la “Martiria” con quienes pasa la mayor parte del día en su búsqueda de dinero para comprar más pega, la cual necesitan como el aire.

Desde la mañana hasta el ocaso

Como ruedas de un carro el “Cohete” y sus compañeros circulan el parque central de Granada. Se toman turnos para pedir dinero a nacionales y extranjeros quienes los miran con desdén y elevan sus cabezas como si fueran los propios reyes y reinas de España, sin embargo, a ellos no les importa el gesto, pues la costumbre de vivir esa vida los ha educado a la normalidad del menosprecio que las personas les dan.

Cuando el sol de mediodía les grita en su dañada y quemada piel que ya es momento de terminar su trabajo y resguardarse bajo la sombra de los árboles o las casas, se reparten lo ganado y cada quien se va por su lado, nuevamente a la deriva, la única que los acoge en tiempos de soledad.

Camina, camina y camina, hasta encontrar un poco de sombra en un árbol pequeño y con pocas hojas que todavía no ha sido tomado por los vendedores o zapateros quienes tienen casi todo el parque bajo su poder. En un momento de asilamiento personal, recuerda a su familia mientras descansa. “Todos los días después de pedir me acuerdo de mi familia, siempre, nunca me falta”, y llora por la pérdida de su madre, por el maltrato que le daba su padre y el vago recuerdo de una familia que lo quería.

Con los recuerdos vienen las tristezas y con estos el deseo que lo inunda desde que se despierta, el de morir. Llora y grita cómo quisiera que los carros le pasaran encima, cómo le gustaría que alguien lo matara y cómo desearía estar con su madre, cómo, cómo, cómo. Todo se resume en esa palabra, pues inmediatamente se arrepiente, mira al cielo y le dice: “Si Dios me puso aquí fue por algo, yo estoy con el Espíritu Santo”.

El final es la noche

Desde el mediodía hasta las seis de la noche el “Cohete” le pertenece al parque, aunque no hace más que pedir y bromear con los otros niños, que igual a él enfrentan la vida de la calle, pero cuando llegan las seis y las campanas de las iglesias de toda la ciudad empiezan a sonar sincronizadas cómo el canto de un gallo en la mañana, el espíritu joven del “Cohete” se desvanece en el miedo de pensar cómo dormirá esa noche. Se mantiene un rato en el parque para ver si puede pedirle dinero a alguien más, pues todos los niños ya se fueron.

A las siete en punto inicia la misma travesía que en la mañana realizó para poder llegar adonde esta, pero ahora, no está ni la señora vendedora de queso, ni su contrincante el relojero, está el, solo, en su camino hacia el mercado, con el mismo sonido de las pocas monedas en su bolsillo, el mismo trapo que ahora se ve más negro que el día anterior, y su compañera la botella de pega. Se acuesta con la misma dificultad con la que se levantó y pronuncia sus palabras finales que se asemejan a las primeras: “mañana no me quiero despertar”, cierra sus ojos y la noche lo acompaña, el único enigma es si su deseo se cumplirá, o si se trasladara para la noche siguiente, o si nunca lo conseguirá.

(*) Estudiante de II año de Comunicación, UCA.

 

Tomada de El Nuevo Diario /Aitá

Jóvenes como el de la gráfica permanecen bajo las sombras de los árboles del parque central de Granada.

 

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