La tortura de jalarse el pelo

female hand holding her hair

 

Tomado de internet / Aitá

La tricotilomanía es la afectación de “Leo” junto al 1% de la población mundial

 

 

Cuando la tricotilomanía envuelve la vida de un infante

 

Cynthia Alfaro (*)

 

La mayoría de memorias de la niñez abarcan el primer día de clases, el primer enamoramiento o la primera calificación baja, pero “Leo”, su sobrenombre desde su nacimiento, a sus apenas 7 años, alojará siempre en sus recuerdos el día que empezó a arrancarse el cabello.

El pequeño niño de rostro blancuzco no hace más que esconderse detrás de la puerta repitiéndose a sí mismo “no fue mi culpa, no soy malo” con lágrimas en sus ojos que inmortalizarán siempre la imagen de sus dedos cubiertos con el mechón que inició toda su tragedia.

Los cuadernos tirados en una esquina, con el apodo “Leo” marcado en las pegatinas de cochecitos y aviones; los lápices mordisqueados debajo de la mesa y cinco reportes de maestras esparcidos por la sala de la casa; todos concuerdan en algo: “Su hijo es desobediente”.

El comienzo de una desdicha

Cuando su hermana melliza empezó a botar los dientes de leche, “Leo” comenzó un dilema escolar al ser el único niño del salón en no escribir absolutamente nada durante las 6 horas que pasaba en su pupitre. De nada sirvió a su madre, Yara Sandoval, llegar todas las mañanas a la oficina de la maestra en turno a explicarle que el chiquillo fue diagnosticado con Déficit de Atención y que su conducta no era motivo de una malacrianza común.

Las profesoras ya sabían ese discurso de memoria y asentían, acompañando su gesto de un “voy a estar pendiente, voy a ayudarle” que pronunciaban como credo al pie de la letra. Luego, se disponían a tachar con tinta roja las sumas sin hacer y las “e” de las oraciones confundidas con el número “3”. Sus gigantescos garabatos en reportes eran del mismo color que las lesiones que se provocaba el niño cada vez que debía llevar esas notas a casa.

El secreto peor guardado de un chiquillo

La madre de los lentes rojos y el cabello negro, largo; ese que ha olvidado peinar desde 2013 cuando sentenciaron  a su hijo al destino de un déficit, recorrió todas las clínicas especializadas hasta encontrar a la psicóloga Rosa Pérez, quién se sentó en una silla de su oficina durante dos años en búsqueda de mejorías del niño pero se quedó en espera cuando la madre no volvió con él, apenada de tener la billetera vacía tras demasiadas terapias.

La despedida con la psicóloga abrió un nuevo episodio en la vida de “Leo” y al no conseguir llenar la mesa de reconocimientos académicos que atiborró su melliza, al lado de los premios de su hermana mayor, prosiguió con su siguiente martirio: Juguetear con su cabello negro como la oscuridad hasta desaparecerlo de las regiones de su cráneo. Desde ese día, no existió mañana en que no escuchara la palabra tricotilomanía de la boca de sus familiares antes de partir a clases.

Lo mantuvo como un secreto, una mentirita blanca que ataca a sólo el 1% de la población mundial y lo hacía a escondidas en la habitación de sus abuelos, quiénes nunca lo notaron por ver la novela de la noche. Pero no le bastó con maltratar su cabeza, también recurrió a sus cejas, pestañas y muy pronto a pellizcarse el cuerpo hasta llegar a las mordidas.

La inquietud de una familia

El miedo creció, acompañado de la ansiedad y la depresión infantil hasta convertirse en medicaciones y actividades conductuales. La billetera de Yara Sandoval, quién lo atesora en sus brazos cada vez que le encuentra un nuevo agujero en la mollera, tuvo que encontrar ahorro tras ahorro expectante al momento que deba comprarle una peluca y así evitar a su hijo las burlas de los otros niños, molestias que muy pocas veces ocurren.

Los días en la casa no han vuelto a ser los mismos, ya no hay música en los cuartos sino un audio de hipnosis que tranquiliza al pequeño; otro recurso al que se optó. La incertidumbre de otra etiqueta en su rostro inocente es el mayor temor de la familia, “¿y si empieza a comerse el cabello? Ahora deberé explicarle que es la tricofagia” es la pesadilla en la mente de su madre.

Nadie desea que su bebé en pañales se convierta en otra cifra más, y menos, acompañar al 60% de casos no diagnosticados en un país donde muchos no logran ni siquiera pronunciar esos desórdenes correctamente. La incomprensión de las condiciones crónicas es la tristeza de un niño que en sus espontáneas palabras titubea “no entienden que mis manos tienen vida propia”.

Rogando que el cabello no huya

El dolor punzante de una mujer que ha visto la vida de su hijo abatirse frente a sus ojos no sabe si rezarle a los santos o a la psicología médica. A veces se pregunta si el Ministerio de Salud ablandará su bondad para remitir más psicoterapeutas, psicólogos o psiquiatras dispuestos a tratar a seres con comportamientos erráticos por el pago de un abrazo.

La escuela ya no es tan mala, la infancia fortaleció el carácter de “Leo”, pero la fragilidad se encubre en una sonrisa al ver el problema matemático que intenta resolver. “Yo soy inteligente, ¿verdad? Soy más fuerte que mi pelo sí” y la risa nerviosa se escapa, luego se pierde en el tarareo de una canción infantil que vigoriza el cuerpo de una criatura luchadora con un combate dispuesto a ganar.

Ahora “Leo” encontró un nuevo amigo, la gorra roja con la caricatura de Mickey Mouse adelante. Se convirtió en su aliada para no adherirse más a la manía de comerse a sí mismo, al Trastorno Obsesivo Compulsivo que lo atormenta y le recuerda que la tricotilomanía es parte de su historia.

 

 

 

 

 

 

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