Anita, una niña sin niñez

 

 

Mónica Pérez / Aitaenlared.net

Este es el contexto en el que Anita vive su día a día. En la fotografía se observan dos niñas que al igual que Anita, son vendedoras ambulantes.

 

Una historia de supervivencia en el país donde no todos viven bonito

 

Mónica Pérez Vásquez (*)

 

Una parada de buses, el punto exacto para matar el hambre.

-¡Lleve,… su maní!, ¡tostaditas con chile y sin chile!, ¡chicle de menta y canela!, ¡platanitos!, ¡enchiladas!, ¡mangos! ¡Lleve,…!

Estos son los gritos de su día a día. Es conocida como Anita, la niña que vende en la parada de buses de la Universidad Centroamericana (UCA). De piel morena y tostada por el infernal sol de la capital. A sus doce años de edad ya sabe qué hacer para matar el hambre, pero no sabe escribir, sabe que gritar al vender, pero no sabe leer.

De su frente brotan chorros de sudor al caminar de arriba hacia abajo, de un lado a otro, ofreciendo esas chiverías que la gente come para ¨engañar¨ al estómago durante el viaje.

Era un día como cualquier otro, de esos que pasan sin darse cuenta. Era mediado de octubre. Ella vestía una blusa negra sin mangas, pantalones azules desteñidos, ajustados a su diminuto cuerpo, un delantal blanco testigo de sus pocas ganancias, y unos caites viejos y remendados. Sus pies sucios cubiertos del polvo, evidencia de cada paso y tropiezo. Traía el pelo suelto, le caía por delante cubriéndole la mitad del rostro, como queriendo esconder su semblante.

Se acercaba a cada bus para ofrecer sus productos, y mezclándose entre la multitud impaciente por llegar a su destino, es empujada y al mismo tiempo pisoteada por los pies firmes de aquellos sin conciencia. En media hora no vendió ni un maní siquiera. Cada ¨¡no!¨por respuesta, para ella significaba menos comida.

En ambas manos carga la mercancía, hace un movimiento rápido como para no desperdiciar el tiempo, y desocupa su mano derecha para escurrir el sudor de su nariz y frente, y vuelve a ocupar las dos manos, pudiendo a penas estirarlas para despachar a la poca clientela.

 

***

 

Su familia está integrada por sus dos hermanos menores, uno de cinco años y el otro de seis, y su abuelita Martina de aproximadamente ochenta y ocho años. Su madre los abandonó, se fue para Costa Rica cuando Anita tenía siete años y nunca regresó. Anita no conoce a su padre, pero Martina le ha dicho que se parece mucho a él, lo dijeron esos labios sedientos y resecos por el calor abrumante de Managua.

Anita tiene que trabajar a diario para llevar la comida a su casucha, donde la vida cuesta más que la misma Mona Lisa, la vida es muy cara para toda su familia, pero sobre todo para ella. A veces sale a vender con su hermano el más grandecito, se llama José. El más chiquito se llama Joaquín, y se queda con su abuela para cuidarla porque está enferma. Martina tiene cirrosis, una enfermedad que ataca directamente al hígado, el dolor es insoportable y su ser se consume cada día más.

Con esta historia, es de suponer que Martina ahogaba sus penas en alcohol, tal vez no tanto por el abandono de su hija, sino por tratar de olvidar aunque sea por un momento, la pobreza y la desesperanza en que vive con estas criaturas prácticamente huérfanas.

 

****

Anita no tiene protección de nada ni de nadie, lucha sola contra viento y marea día a día en las calles, arriesgando su propia vida por amor a los suyos. Después del trabajo, junto a los tres miembros de su familia, recuesta su cuerpo cansado y abrumado por al ajetreo del día, en un colchón tosco, de esos que venden en los mercados capitalinos rellenos de los desperdicios de las zonas textiles, para luego madrugar y empezar su dura y triste rutina.

Y pensar que el trabajo que realiza de sol a luna atenta contra su salud. Así me lo dijo el pediatra Oscar Aguilar. Anita está expuesta al sobreesfuerzo por largas jornadas de trabajo, sobrecarga física, malas posturas, y si a todo esto le sumamos el ambiente contaminado, la temperatura y la humedad, Anita puede verse afectada físicamente, ya sea por enfermedades crónicas o por algún tipo de parálisis, pues su cuerpo no está lo suficientemente desarrollado para realizar este tipo de actividad.

La niña de cabello oscuro y uñas mugrientas, no estudia porque no tiene tiempo, además no tiene dinero para comprarse un cuaderno siquiera, o un borrador, así sea el más barato que haya. Le gustaría estudiar si tuviera la oportunidad, pero también le preocupan sus hermanitos y su abuela. Se pregunta, quién les llevará el pan si ella les llegase a faltar.

 

Después de una tarde de observarla, de seguirla y ser testigo de lo que hacía para ganarse la vida, logré convencerla de hablar conmigo al siguiente día.

Se veía como apenada, como aquellos niños ingenuos con esa típica característica de no ver a los ojos a quienes tienen en frente, y con esa sonrisa fingida como para disimular su incomodidad. No la culpo por eso, ya que es consecuencia de su día a día, según la sicóloga Daniela Vado.

Una tarde gris de esas lluviosas de octubre, supe de esta historia. Anita estaba frente a mí. Sentadas en una de las bancas de la parada de buses de la UCA. Conversé con ella y vi como dos lágrimas salieron de sus ojos. Con una mirada triste y cansada me decía cada palabra.

Fue un momento de abstracción y lleno de tristeza para mí. De abstracción  porque cerré mis oídos al apabullante tráfico de la capital, a los gritos y murmullos de la gente, para estar atenta a cada palabra que salía de la boca de aquella pequeña. Lleno de tristeza, porque tenía en frente un ser maravilloso y ejemplar, pero al mismo tiempo necesitado de amor y calor humano.

 

Fue imposible no llorar. Me hice la fuerte por mucho tiempo, pero no resistí más. Con cada respuesta de Anita el nudo en mi garganta se apretaba cada vez más, hasta que mis ojos se empañaron de lágrimas. Los sequé disimuladamente sin que ella se diera cuenta.

Veinte minutos fue el tiempo que duramos hablando porque luego no quiso continuar. Las respuestas eran casi sacadas a cucharadas de su boca, pues es muy tímida. Al parecer no habla con nadie, probablemente esto se deba a la falta de convivencia y relación con otras personas, pues su vida gira en torno a  otro mundo, un mundo donde la sociedad lamentablemente solo hace el papel de clientela.

 

Así como Anita, existen muchos otros niños refugiados en su propia fortaleza, que en conjunto engloban un tema de interés social, y es ¨el trabajo infantil¨. Según un informe del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), de cada cien niños que trabajan, solo sesenta y dos asisten a la escuela, y Anita forma parte de esos treinta y ocho restantes, y ¿Cuáles son los motivos? razones de trabajo, problemas económicos, labores domésticas, problemas con la escuela. Anita tiene todos estos obstáculos y aún más. Está privada de su etapa de niñez de manera natural, por esas tareas que le impiden desarrollarse adecuadamente

 

Cruzaba los pies y frotaba sus manos entre sus piernas para calentarlas, encogía sus hombros cuando la brisa respingaba sobre nosotras y apartaba su mercancía para que el agua de lluvia no la mojase.

Mientras le cuestionaba sobre su vida, vi como su mirada apuntaba en dirección de una niña más o menos de su edad que estaba con su madre, aparentemente esperaban algún bus.

Su mirada perdida me contaba el anhelo de ser algún día como esa niña que observaba de la mano de su madre. La pequeña, vestía a simple vista de tenis blancos y un capote amarillo que le cubría de la brisa.  Anita nunca me vio a los ojos por estar distraída en ese sueño, aunque no sé si su anhelo consistía en vestir de esa manera algún día, o sentir el calor de madre que hasta sus siete años tuvo.

Esa banca de metal de la parada de buses de la UCA, fue la única testigo de esta injusta historia, en donde la vida se ensaña con una frágil e inocente criatura que no quiso mostrar su rostro, pero si dar a conocer su historia.

 

(*) Estudiante de Comunicación, UCA.

 

 

Explicación necesaria

Las fotografías utilizadas en este documento fueron realizadas por Mónica Pérez Vásquez, y fueron tomadas con el consentimiento de las personas que aparecen en ellas y la condición de no mostrar su rostro.  Se utilizaron únicamente como recurso de ilustración para esta crónica, ya que Anita la protagonista de esta historia, se negó a cualquier tipo de recurso que mostrara su imagen.

1 Comment on "Anita, una niña sin niñez"

  1. Linda Judith Morales jarquin | 26 abril, 2017 en 10:29 pm | Responder

    Que linda crónica Mónica fue una niña que tuvo una infancia similar a esta niña Anita y hoy en día ver a Mónica llegar asta donde está demuestra la fortaleza que tiene como ser humano me siento muy feliz por ella y ver que está logrando sus metas ase muchos años Mónica era como esa niña vendía atol con su abuela pero ella no dejo de soñar en ser una periodista y lo está logrando que hermosa crónica pero la más hermosa es la de Mónica

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